Obesidad e inmunidad

Es un hecho comprobado que las personas obesas son más propensas a sufrir enfermedades infecciosas, dado que el exceso de energía ingerida repercute negativamente en la actividad del sistema inmunológico. De hecho, diferentes estudios han podido demostrar cómo las dietas ricas en grasas reducen la respuesta inmunológica.

Los cambios inmunológicos que se producen con la obesidad afectan tanto a la producción de anticuerpos, como a la inmunidad celular. En la actualidad se sabe que el tejido adiposo, además de constituir un almacén de reservas energéticas en forma de triglicéridos, tiene importantes funciones como órgano endocrino y en él se producen diversas hormonas y otras moléculas importantes en la señalización celular.

En los últimos años la investigación ha proporcionado un nuevo enfoque al estudio de la obesidad, partiendo del concepto de que se trata de una enfermedad inflamatoria, en el sentido de que puede alterar y favorecer los procesos inflamatorios en el organismo, mediante la activación de unas moléculas, denominadas adipocinas, que se producen en el tejido adiposo, en el que se acumula la grasa.

Aunque las investigaciones que han proporcionado esta nueva perspectiva de la obesidad se han obtenido en modelos animales, se dispone de datos clínicos que las enfermedades crónicas que cursan con procesos inflamatorios, como el asma o la artritis, tienen una peor evolución cuando se trata de personas obesas. 

obesidad e inmunidad  

En concreto, la obesidad induce el aumento de una de estas adipocinas, denominada leptina, cuya principal función sería la de actuar sobre el sistema nervioso central e inhibir la ingesta para regular los depósitos de energía, además de aumentar el metabolismo basal, estimular la oxidación de ácidos grasos y modular la funcionalidad de la células del páncreas.

Esta situación, sin embargo, no se produce porque haya una exceso de secreción de leptina, sino porque ésta no puede ser transportada hasta el sistema nervioso central, por lo que se acumula en el tejido adiposo. Lo más llamativo del caso es que se ha comprobado que esta hormona se encuentra también aumentada en diferentes enfermedades inflamatorias o autoinmunes, como:
  

  • Endometriosis.
  • Hepatitis no alcohólica.
  • Inflamación pulmonar crónica.
  • Enfermedad inflamatoria intestinal.
  • Nefritis.
  • Enfermedad de Behçet.
  • Enfermedad de Graves.
  • Diabetes tipo 1.
  • Artritis reumatoide.
      

De hecho, se puede observar que en el tejido adiposo se encuentran diferentes células activadas del sistema inmunológico, que promueven en él una reacción inflamatoria constante.

 

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