Diabetes: tipo II, inflamación y glitazonas

La diabetes mellitus tipo 2 es una enfermedad que se asocia a un riesgo incrementado de enfermedad coronaria y que en la actualidad está adquiriendo el rango de pandemia en nuestra sociedad.

Estudios epidemiológicos han demostrado que la resistencia a la insulina y la constelación de alteraciones metabólicas asociadas, como trastornos en el colesterol y triglicéridos, hipertensión, obesidad y aumento de coagulación, influyen en la precocidad y severidad de la aterosclerosis que desarrollan los pacientes con diabetes mellitus.

"La resistencia a la insulina es una anormalidad celular compleja que implica a varios órganos, especialmente al tejido adiposo, al hígado y al músculo esquelético, y que predispone a varios defectos metabólicos."

La relación entre la resistencia a la insulina y el proceso aterogénico es directa, pero también muy compleja. Es probable que la complejidad derive de la interacción que existe entre genes predisponentes a la resistencia a la insulina con otros que, independientemente, regulan el metabolismo de las grasas, el sistema de coagulación y la biología de las paredes arteriales.

Con el desarrollo de la biología molecular hemos podido apreciar qué mecanismos inmunológicos e inflamatorios subyacen al proceso de la resistencia a la insulina y de la aterosclerosis.

La resistencia a la insulina es una anormalidad celular compleja que implica a varios órganos, especialmente al tejido adiposo, al hígado y al músculo esquelético, y que predispone a varios defectos metabólicos.

Hoy día se cree que la resistencia a la insulina (falta de eficacia de la insulina) se desarrolla como consecuencia de la interacción de factores externos (como los mencionados obesidad e inactividad física) y factores genéticos.

De forma típica, la resistencia a la insulina precede en años al comienzo de la diabetes tipo II y suele acompañarse de otros factores de riesgo cardiovascular como aumento de colesterol y triglicéridos, obesidad, hipertensión (todos incluidos en el denominado ¿síndrome metabólico¿) y un estado proclive a la formación de trombos.

Todo comenzaría por un factor de transcripción nuclear (kappa-beta) que regula los genes que incrementan un tipo de proteínas favorecedoras de una inflamación e infiltración silenciosa alrededor de las arterias, clave en el desarrollo de la placa de ateroma (placas de colesterol en las paredes arteriales finas y gruesas) y que el síndrome metabólico facilitaría múltiples causas activadoras que pueden explicar la precocidad y severidad del proceso inflamatorio silencioso aterogénico.

Las glitazonas, un nuevo grupo de antidiabéticos orales, son agonistas de otro factor de transcripción nuclear (peroxisoma proliferador). De manera experimental, estos agentes han demostrado mejorar la sensibilidad periférica a la insulina y retardar la progresión de la aterosclerosis, posiblemente debido, entre otros mecanismos, a su efecto antiinflamatorio. En cierta manera su acción se asemeja a la metformina, pero actuando a través de otra vía metabólica. La pioglitazona (Actos) no presenta efectos secundarios aparentes.

Muy por el contrario, hemos recibido una notificación del laboratorio farmacéutico productor de la rosiglitazona, desaconsejando el uso de fármacos que la contienen (Avandia y Avandiamet), por haberse descrito casos de alteración de visión (edema macular), aunque los incidentes son muy raros, a veces acompañados de edemas en piernas y posiblemente reversibles.

Nuevos antidiabéticos orales con propiedades antiinflamatorias y sensibilizantes a la acción de la insulina, implicados en el proceso de la aterosclerosis y enfermedades coronarias y trombosis cerebral, han abierto una nueva vía de actuación terapéutica en el tratamiento del paciente diabético.

La alimentación equilibrada se ha mostrado como ¿medicamento altamente efectivo¿. Una comida pobre en grasas animales, frituras, embutidos y quesos curados, pastelería y alcohol, y rica en alimentos que contengan ácidos omega 3 como salmón, sardinas, caballa, atún... y también aceite de lino o nueces.

Dosis altas de ácidos omega 3 (de 2.5 a 7.5 gramos de aceite de salmón refinado y purificado) han demostrado su eficacia como preventivo y neutralizador de la ¿inflamación silenciosa¿, origen de placas de ateroma en arterias finas y gruesas.

Al aumentar en sangre los ¿eicosanoides buenos¿, se ha demostrado una notable mejoría del índice de ¿salud cardiovascular¿ (cociente triglicéridos/ HDL colesterol) en pacientes con síndrome metabólico o diabetes tipo II.

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