Consecuencias de la obesidad infantil

El aumento que la obesidad infantil ha registrado en los países desarrollados en las últimas dos décadas es un tema que preocupa a las autoridades sanitarias de todo el mundo, hasta el punto de que se la califica como la epidemia del siglo XXI: Un 14-15% de los niños españoles tienen sobre peso o son obesos. Con ella han llegado a la infancia enfermedades que parecían reservadas a los adultos mayores de 50 años, como la diabetes tipo 2, la hipertensión arterial, la hipercolesterolemia, etc. Todas ellas importantes factores de riesgo cardiovascular. Pero, además, la obesidad conlleva otras consecuencias negativas tanto para la salud física como la psicológica.

En algunos casos la genética puede ser un condicionante para que un niño sea obeso, pero en general la causa hay que buscarla en los cambios de los hábitos alimenticios, con la irrupción de la comida rápida, los platos precocinados y envasados, el abuso de las grasas animales y los hidratos de carbono, lo inadecuado de los horarios de comida. En definitiva, se ha perdido la cultura alimenticia y nutricional y en España la dieta mediterránea con todos los beneficios para la salud que aporta parece haber caído en el olvido.

Consecuencias de la obesidad infantil

Consecuencias psicológicas

Un niño obeso suele ser un niño con problemas de autoestima, marginado en los juegos del colegio y víctima de las burlas de sus compañeros. Muchas veces todo ello le lleva al aislamiento, a ser proclive a sufrir una depresión o desarrollar trastornos psicológicos como la bulimia o la anorexia y caer en hábitos nocivos como el tabaquismo o, peor aún, el consumo de drogas. El problema, además, es que si esos niños siguen siendo obesos durante la adolescencia y la juventud lo más probable es que también lo sean de adultos.

Consecuencias patológicas

Pero la obesidad comporta otras consecuencias importantes para el estado de salud de los niños: tendrán problemas el desarrollo de los huesos y dolencias articulares; padecerán dificultades respiratorias que les impedirá practicar deporte con normalidad; sufrirá trastornos del sueño, entre ellos la apnea del sueño; sentirán, fatiga, cansancio y decaimiento; sufrirán ansiedad y cambios de humor, etc.

Pero probablemente lo más importante es que desarrollarán de forma muy temprana diabetes tipo 2, hipertensión arterial o hipercolesterolemia, con el subsiguiente incremento del riesgo cardiovascular; tendrán un hígado graso, grasa abdominal, un cifra de colesterol HDL (el bueno) por debajo de la normal, los triglicéridos altos y muchas posibilidades de sufrir el denominado síndrome metabólico o síndrome X al presentar tres o más de estas alteraciones metabólicas. Y, como consecuencia, serán adolescentes y jóvenes con un riesgo muy elevado de desarrollar enfermedades cardiovasculares severas e incluso una muerte prematura.

No es de extrañar, por tanto, que la Organización Mundial de la Salud haya puesto en marcha una alarma sanitaria mundial en relación al problema que la obesidad infantil presenta en los países desarrollados.

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