El ejercicio en la prevención de la obesidad

El ejercicio físico realizado de forma regular es, sin duda, un pasaporte para la salud cardiovascular y, en general de todo el organismo. Sus beneficios son bien conocidos:
  

  • Reduce la tensión arterial y la mantiene en cifras de normalidad.
  • Aumenta la producción de lipoproteínas de alta densidad (HDL o colesterol bueno).
  • Modula la presencia de azúcar en la sangre.
  • Incrementa la capacidad de los músculos para utilizar adecuadamente el oxígeno aumentando su capacidad de trabajo.
  • Reduce el estrés.
  • Mejora la eficacia del sistema inmune.
  • Activa y regula el metabolismo.
  • Permite mantener el balance energético del organismo, gastando el exceso de calorías ingeridas con la alimentación y evitando la acumulación de grasa en el tejido adiposo. En otras palabras, ayuda no sólo a perder peso, sino también a no ganarlo.
      

  
Alimentación equilibrada y ejercicio físico son los dos pilares fundamentales de una vida saludable, siempre y cuando sean hábitos adquiridos y asentados y no una práctica ocasional. Y ésta es también la diferencia entre prevenir la obesidad y tener que tratarla. De hecho, el único tratamiento eficaz para tratar el sobrepeso y la obesidad es cambiar los hábitos de vida. Y la única manera de evitar recuperar el peso perdido con una dieta de adelgazamiento es mantener esos nuevos hábitos de vida.

Así pues, el ejercicio físico es esencial en la prevención de la obesidad, tanto en lo que se refiere a la prevención primaria (no llegar a sufrirla), como en la secundaria (no volver a sufrirla). 

ejercicio físico prevención obesidad  

La cuestión es cómo integrar el ejercicio físico en la vida diaria. En primer lugar es importante el tiempo que se le dedica, preferiblemente un mínimo de 30 minutos (y mejor aún una hora) al menos tres días a la semana. Luego hay que escoger el tipo de ejercicio que se realiza. En este sentido hay claras diferencias en cuanto a la prevención de la obesidad y el tratamiento de la obesidad.

En el primer caso, basta con centrarse en el llamado ejercicio aeróbico, que es aquél que hace que el organismo tenga que usar más oxígeno: andar, correr, nadar, ir en bicicleta, bailar, etc. Una caminata a paso rápido de una hora permite cubrir una distancia de aproximadamente seis kilómetros y es suficiente para mantenerse en forma, cuidar la salud cardiovascular, quemar calorías y acelerar el metabolismo, de tal modo que durante las dos horas siguientes se continúa quemando calorías y a un ritmo más rápido que cuando se caminaba. Esto es suficiente para lograr los siguientes objetivos:
  

  • Mantener el balance energético del organismo y evitar la acumulación de grasa y, por tanto, la ganancia de peso que favorece el sedentarismo.
  • Incrementa el tono y la fuerza muscular.
  • Aumenta la elasticidad de las arterias y las venas, de modo que la circulación sanguínea es más eficiente y protege frente a la arterioesclerosis aumentando los niveles de HDL.
  • Mejora el funcionamiento de los pulmones, de modo que el intercambio de oxígeno se realiza con mayor rapidez y eficiencia.
  • El organismo mejora la metabolización de azúcares, grasa y proteínas.
  • Ayuda a conciliar el sueño.


Esto no quiere decir que el ejercicio de fuerza o anaeróbico, que se caracteriza por un ser más intenso en menos tiempo, no sea conveniente. Al contrario, es esencial en cualquier proceso de adelgazamiento, pues evita la pérdida de masa muscular. Pero, a la larga, las pesas y el gimnasio de musculación pueden ser perjudiciales para el sistema cardiovascular. Si el objetivo es mantenerse en forma y prevenir la obesidad es más sencillo integrar el ejercicio físico aeróbico en la rutina diaria.

      
  

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