Los cambios de conducta en la demencia —como la agitación, la apatía, la desorientación o las alteraciones del sueño— pueden resultar muy desconcertantes para las familias. No son “manías” ni gestos voluntarios, sino manifestaciones relacionadas con la enfermedad y con el entorno, que pueden entenderse mejor y abordarse con estrategias concretas en el día a día.
Por qué cambian las conductas
En la demencia, muchas de estas manifestaciones se agrupan bajo el término síntomas psicológicos y conductuales de la demencia (SPCD). Incluyen apatía, agitación, ansiedad, depresión, alteraciones del sueño, delirios, alucinaciones o desinhibición, entre otros cambios. En Sanitas Mayores, sabemos que su aparición suele ser resultado de varios factores y no de un único desencadenante aislado.
Además de los cambios cerebrales propios de la demencia, pueden influir el dolor o el malestar físico, el cansancio, los efectos de la medicación, los problemas sensoriales, las necesidades emocionales y las características del entorno inmediato. Entender que la conducta se construye sobre esta combinación, ayuda a pasar de la culpa o la frustración a una mirada más clínica y comprensiva.
Una idea clave es que estas conductas no deben interpretarse como una actuación deliberada para molestar o llamar la atención. La persona con demencia puede tener dificultades para comprender lo que sucede, expresar lo que necesita o regular sus respuestas. Observar qué pasa antes, durante y después de un episodio permite identificar posibles desencadenantes y adaptar la forma de acompañar.
Los distintos tipos de demencia pueden mostrar perfiles diferentes. En la enfermedad de Alzheimer, son frecuentes la apatía, la agitación y las alteraciones del sueño, mientras que en algunas demencias frontotemporales destacan desde fases tempranas cambios en la conducta social, la personalidad o la inhibición. Aun así, ningún síntoma aislado permite determinar por sí solo el tipo de demencia.
La evolución también es muy variable entre personas. Clínicamente suele describirse en fases leve, moderada y avanzada, pero los cambios conductuales no siguen siempre un orden predecible. Cuando aparece un síntoma nuevo o un empeoramiento brusco, resulta más prudente explorar causas médicas, farmacológicas o ambientales antes de atribuirlo a la progresión inevitable de la enfermedad.
Para comprender estas manifestaciones, los equipos profesionales valoran de forma conjunta el área cognitiva, el estado físico y funcional, las capacidades sensoriales, la esfera emocional, la conducta, el entorno y la situación de riesgo. En Sanitas Mayores, este enfoque interdisciplinar y centrado en la persona permite diseñar planes de intervención ajustados a sus capacidades conservadas, sus necesidades y sus preferencias.
Los SPCD impactan tanto en la persona con demencia como en quienes la acompañan, y son una fuente importante de tensión y sobrecarga para las familias cuidadoras. Cuando se entiende qué puede estar comunicando una conducta y qué factores la influyen, es posible pasar de intentar simplemente “controlarla” a preguntarse qué necesita la persona y cómo podemos ayudarla, protegiendo también a quien cuida.
Agitación, apatía y desorientación en la vida diaria
Imagina a María, una mujer con demencia moderada que siempre ha sido tranquila. Una tarde comienza a gritar, se muestra inquieta y repite que “se tiene que ir a casa”, aunque está en su propio salón. Por la noche se levanta, recorre la vivienda y parece no reconocer algunos espacios. Su hija vive este cambio con preocupación y desconcierto, porque siente que “ya no reconoce” a su madre.
En Sanitas Mayores, vemos situaciones similares a menudo y sabemos que, detrás de cada comportamiento, suele haber una necesidad o un malestar que cuesta expresar con palabras. Entender mejor tres manifestaciones frecuentes —agitación, apatía y desorientación— ayuda a darles un sentido más manejable.
Agitación: cuando todo parece inquietar
La agitación puede expresarse como inquietud motora, movimientos repetitivos, preguntas constantes, gritos, resistencia a los cuidados cotidianos o, en algunos casos, conductas agresivas. A menudo, aparece o se intensifica cuando la persona siente dolor, cansancio, miedo o incomprensión, o cuando el entorno tiene demasiados estímulos o cambios repentinos en la rutina.
Antes de centrarse en “parar” la conducta, suele ser más útil explorar qué puede estar disparándola en ese momento. Un baño demasiado frío, una explicación rápida, una habitación ruidosa o una demanda complicada pueden convertirse en desencadenantes. Si llevas tiempo cuidando a tu madre o a tu padre, sabes que pequeños ajustes en la forma de hacer las cosas pueden marcar una gran diferencia.
Apatía: pérdida de iniciativa y participación
La apatía implica una disminución de la iniciativa, el interés o la participación en actividades que antes eran habituales o gratificantes. La persona puede pasar mucho tiempo inactiva, iniciar menos conversaciones o responder con frases muy breves. No siempre se acompaña de tristeza intensa, por lo que apatía y depresión no son lo mismo, aunque pueden coexistir.
En la enfermedad de Alzheimer y otras demencias, la apatía es muy frecuente y, a veces, se interpreta erróneamente como “pereza” o “dejadez”. Entenderla como un síntoma de la enfermedad permite ajustar las expectativas, proponer actividades más sencillas y valorar si hay otros factores (dolor, aislamiento, falta de estimulación) que pueden estar reforzando esa falta de iniciativa.
Desorientación y deambulación con sentido
La desorientación puede afectar al tiempo, al espacio o al reconocimiento de personas y situaciones. La persona puede no saber qué día es, perderse en lugares conocidos, confundir diferentes momentos vitales o preguntar repetidamente por familiares que ya han fallecido. En algunos casos, aparece deambulación, que no siempre carece de propósito.
Caminar sin rumbo aparente puede estar relacionado con la búsqueda de una persona o de un lugar, con una necesidad física (ir al baño, beber agua), con una rutina aprendida o simplemente con la necesidad de movimiento. Comprender estos matices permite pasar de ver la deambulación solo como un problema de seguridad a considerarla también una forma de expresión y de actividad física que requiere ser encauzada y protegida.
Cuando aparecen conductas agresivas, resulta más útil describirlas de forma concreta —“empuja durante el aseo”, “grita cuando se cambia de actividad”— que utilizar etiquetas como “demencia agresiva”. La conducta es una manifestación que debe entenderse en su contexto y no una característica que defina a la persona.
Factores que pueden agravar estos síntomas
Cuando una persona con demencia presenta un cambio brusco en la conducta o en su estado mental, en cuestión de horas o pocos días, conviene no atribuirlo automáticamente a la evolución natural de la enfermedad. Somnolencia marcada, fiebre, dolor intenso, cambios llamativos en la atención o una confusión repentina pueden indicar un delirium (síndrome confusional agudo) u otro problema médico que requiere valoración sanitaria lo antes posible.
Entre las posibles causas de estos cambios, se encuentran las infecciones, el dolor no bien controlado, el estreñimiento severo, la deshidratación, las alteraciones importantes del sueño y los efectos secundarios o ajustes recientes de medicación. Identificar y tratar estos factores puede reducir la intensidad de los síntomas conductuales y prevenir complicaciones clínicas y funcionales asociadas.
El entorno también influye en la conducta. Un exceso de ruido, una iluminación inadecuada, los cambios bruscos de rutina o los espacios desconocidos pueden aumentar la confusión y dificultar que la persona interprete lo que ocurre a su alrededor. Adaptar el ambiente para que sea tranquilo, previsible y reconocible favorece la orientación, reduce la ansiedad y aporta sensación de seguridad.
En muchas ocasiones, una conducta expresa una necesidad que la persona no consigue comunicar con palabras: hambre, sed, necesidad de ir al baño, dolor, frío o calor, cansancio, necesidad de moverse o miedo. Cuando la comunicación verbal está muy limitada, observar los cambios de conducta y su contexto se convierte en una herramienta clave para entender qué puede estar intentando expresar.
En Sanitas Mayores, solemos recomendar a las familias registrar, cuando sea posible, qué ocurrió, cuándo, qué pasó justo antes, quién estaba presente y qué ayudó a calmar la situación. Esta información facilita que el equipo interdisciplinar identifique patrones, proponga cambios realistas y adapte el plan de atención a las capacidades, las preferencias y la historia de vida de cada persona.
Con este enfoque, es posible diseñar un plan de intervención centrado en la persona, que combine la valoración clínica con la adaptación del entorno, el apoyo emocional, la estimulación cognitiva, la actividad física adaptada, las actividades significativas y el acompañamiento a la familia. De este modo, se prioriza el confort, se previene el sufrimiento evitable y se favorece una convivencia más segura y serena.
Claves cotidianas para cuidar y cuidarte
Las guías actuales recomiendan que, siempre que sea posible, el abordaje de los SPCD empiece por identificar sus causas, adaptar el entorno y aplicar intervenciones no farmacológicas, dejando la medicación específica para situaciones muy concretas y tras valorar con cuidado sus beneficios y riesgos. En Sanitas Mayores, trabajamos con este enfoque, orientado al bienestar, la seguridad y el confort de la persona y de su entorno.
Mantener rutinas diarias relativamente estables —horarios similares para levantarse, comer, asearse o salir a pasear— facilita la orientación y aporta previsibilidad. Apoyos sencillos como calendarios visibles, relojes grandes o paneles con el plan del día pueden servir de referencia externa, especialmente cuando se combinan con explicaciones breves, un tono tranquilo y gestos que acompañen la información.
Un entorno tranquilo y predecible también ayuda a manejar determinadas conductas. Reducir el ruido de fondo, evitar varias conversaciones simultáneas, cuidar la iluminación y limitar estímulos innecesarios disminuye la sobrecarga sensorial. Cuando existe deambulación, suele ser útil priorizar la seguridad del entorno retirando obstáculos y riesgos de caída, sin restringir de manera innecesaria el movimiento ni recurrir a medidas de sujeción.
La forma de comunicarse es otro elemento esencial. Hablar de frente, mantener contacto visual si a la persona le resulta cómodo, usar frases breves y sencillas y dejar tiempo para responder favorece una interacción más calmada y comprensible. Ante una situación de angustia, suele resultar más eficaz reconocer la emoción —“veo que esto te preocupa”— que discutir sobre una realidad que la persona no puede comprender en ese momento.
En episodios de agitación intensa, la prioridad es la seguridad de todas las personas implicadas. Disminuir los estímulos del entorno, mantener una distancia física adecuada, hablar con calma y proponer una alternativa sencilla (cambiar de estancia, ofrecer una bebida, poner música conocida) pueden ayudar a rebajar la tensión. Observar en qué momentos del día aparecen más estos episodios permite ajustar las actividades y las demandas a esos periodos.
Ante la apatía, suele funcionar mejor proponer actividades sencillas y significativas, vinculadas a los intereses y a la biografía de la persona. Regar plantas, doblar ropa, escuchar música de su época o mirar álbumes de fotografías facilitan la participación cuando se adaptan a sus capacidades conservadas. El objetivo no es poner a prueba su rendimiento, sino sostener su identidad, su autoestima y su sensación de utilidad.
En situaciones de desorientación, los apoyos visuales —fotografías, señales sencillas, referencias claras en puertas o pasillos— pueden facilitar el reconocimiento del entorno. Acompañar a la persona cuando hay riesgo de que se pierda y evitar confrontaciones innecesarias reduce el malestar. Cuando expresa miedo o preocupación, responder primero a esa emoción puede ayudar a recuperar una sensación básica de seguridad antes de ofrecer explicaciones adicionales.
Las familias cuidadoras también pueden necesitar apoyo profesional y espacios de descanso. Compartir las dificultades con el equipo sanitario, repartir responsabilidades entre varios familiares y valorar recursos como la ayuda a domicilio, los grupos de apoyo o los centros de día para personas mayores puede aliviar la carga cotidiana. Cuidar a quien cuida forma parte de una atención integral a la persona con demencia y a su entorno.
Cuando cuidas a alguien que quieres, los pequeños detalles importan. Reconocer que la situación te supera en algunos momentos no es un fracaso, sino el primer paso para incorporar apoyos y hacer sostenible el cuidado a medio y largo plazo. En Sanitas Mayores, nuestra experiencia nos muestra que, cuando la familia se siente acompañada, la convivencia suele volverse más manejable para todos.
"En Sanitas Mayores, sabemos que los cambios de conducta en la demencia generan una gran carga emocional tanto en la persona como en su familia. Nuestro trabajo consiste en identificar qué puede estar comunicando cada comportamiento y qué factores lo agravan, para ofrecer respuestas individualizadas que combinen adaptación del entorno, intervenciones no farmacológicas, apoyo al cuidador y, solo cuando está indicado, tratamiento médico. El objetivo último es preservar la dignidad, el confort y las relaciones significativas en cada etapa de la enfermedad."
— Izaro Moreno Zaldibar, Neuropsicóloga, Sanitas Mayores Loramendi
Ideas esenciales que debes tener en cuenta
- Cambios de conducta y demencia: son parte de la enfermedad, no un rasgo de mala voluntad ni un fallo de la familia cuidadora.
- Agitación, apatía y desorientación: suelen expresar necesidades o malestares que la persona ya no puede comunicar con claridad mediante el lenguaje.
- Buscar causas antes de medicar: ante un cambio brusco conviene descartar problemas médicos y revisar entorno, rutinas y forma de comunicarse.
- Intervenciones no farmacológicas individualizadas: la adaptación ambiental, las actividades significativas y la comunicación respetuosa pueden reducir la intensidad y frecuencia de los SPCD.
- Cuidar también a quien cuida: el descanso, el apoyo emocional y los recursos formales de ayuda mejoran la convivencia y previenen la sobrecarga del cuidador.
Si deseas seguir profundizando en este tema, encontrarás más recursos prácticos en la categoría de demencias y patologías de la biblioteca de Sanitas Tercera Edad.
Fuentes y referencias
- MedlinePlus – Demencia (Biblioteca Nacional de Medicina de EE. UU.): visión general de los tipos de demencia, síntomas cognitivos y conductuales y aspectos de diagnóstico.
- Alzheimer’s Caregiving: Managing Personality and Behavior Changes (National Institute on Aging): recomendaciones para familias cuidadoras sobre manejo de agitación, alteraciones del sueño, deambulación y otros cambios de conducta.
- Alzheimers.gov – Behavioral and Mood Symptoms (Gobierno de EE. UU.): recursos sobre síntomas de conducta, causas frecuentes y estrategias de apoyo para personas con Alzheimer y sus familias.
- Sociedad Española de Geriatría y Gerontología (SEGG): documentos y guías sobre trastornos conductuales en la demencia y abordajes que priorizan medidas no farmacológicas y la atención centrada en la persona.