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Los niños que padecen este trastorno pueden mostrar una preocupación excesiva por perder a las personas con las que han establecido un fuerte vínculo afectivo, porque sufran algún daño o por separarse de ellos para siempre.
El sentimiento de soledad, el rechazo inconsciente a lo nuevo, la añoranza, la frustración permanente, el miedo al fracaso, son las figuras emocionales que acompañan al desarraigo.
Normalmente, los niños afectados muestran mucha resistencia a ir al colegio o a otros lugares por miedo al alejamiento, y pueden sentir un gran malestar cuando están solos en casa o sin adultos. Muchos insisten en que alguien permanezca con ellos hasta que concilien el sueño, no quieren dormir fuera de casa y padecen pesadillas acerca de la separación.
Cuando dicha separación ocurre, o la anticipan, pueden sufrir nauseas, vómitos o dolores de cabeza o abdominales. Es frecuente encontrar problemas escolares entre los niños que padecen este trastorno debido a que se ausentan del colegio con mucha frecuencia.
Los padres deben entender que el ir a la escuela es un paso importante en el proceso de desarrollo y socialización del niño. El camino desde la niñez protegida y dependiente a la independencia responsable de la vida adulta pasa por la escuela, y ésta es, probablemente, insustituíble por otras alternativas de educación.
Hacia los ocho meses de edad es normal que se observen reacciones de ansiedad cuando se separan de sus padres o cuidadores, etapa que puede durar hasta los dos años y medio. Pero pasada esta edad, si el menor se muestra excesivamente preocupado durante más de un mes, y presenta los síntomas antes mencionados, será recomendable consultar con un especialista para prevenir posibles complicaciones.
Artículo redactado por la psicóloga Dolores Ruiz-Tapiador
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