Érase una vez la alimentación II

La historia de la alimentación se inicia con el instinto animal de mantenerse vivo, de sobrevivir. Hojas, bayas, raíces, setas, frutos de plantas y frutas de árboles... servían para quitar una rara sensación que les producía debilidad y un ansía extraña: hambre. En aquel tiempo el ser humano poco se diferenciaba de las jirafas o de los monos. Ahora, algo más.

Nuestros antepasados eran vegetarianos. Luego, al descubrir huevos y leche, ovo-lacto-vegetarianos. No obstante, el cerebro del australopiteco - el primer proyecto de ser humano - inició la cadena de la transformación, la cual en un momento de desarrollo humano aprendió a elegir los alimentos más sabrosos o descubrir, tal vez por necesidad, que también podían cazar animales y pescar en ríos y costas del mar, como lo hacían los leones o los delfines.

¡Aprendimos a comer de todo y debemos comer de todo! Ni herbívoros como la jirafa ni carnívoros como el león, sino omnívoros como... las gaviotas.

Poco a poco, de comer para no morir de hambre, se pasó a comer por gusto, para satisfacerse. La caza aportó a la alimentación alimentos más nutritivos, influyendo en el desarrollo corporal y cerebral, es decir, en altura, fuerza e inteligencia.

Y un buen día sucedió un hecho importantísimo: el ser humano descubrió el fuego. Un rayo que incendió unos matorrales, una chispa que saltó al rozarse dos piedras... Se inventó la calefacción de las cuevas, las hogueras para el tiempo frío... Y los inviernos fueron más cómodos para nuestros antepasados.

A partir del fuego, la alimentación comenzó a ser otra cosa, aunque en aquel tiempo no fuera muy variada. El fuego fue algo extraordinario. Durante mucho tiempo se creyó que era mágico o sagrado. Los mitos griegos nos cuentan cómo Prometeo, un dios del Olimpo griego, se compadeció de la miseria de los hombres y bajó un poco de fuego celestial a la Tierra. Júpiter, el dios de todos los dioses, se enfadó tanto que castigó severamente a Prometeo.

Historia de la alimentacion.

Otro día, transcurridos muchos años, descubrieron que, al quemarse la leña, quedaba tan blanda que se convertía en ceniza. "Si calentamos la carne o el pescado en el fuego - intuyeron - seguramente se pone también blanda". Y seguro que tras abrasar algún muslo de pollo que otro, nacería el primer cocinero prehistórico.

El fuego cambió la alimentación. Sobre piedras calientes se comenzó a preparar parrilladas de verduras, carnes y pescados. Y cuando aparece la cerámica, es decir, la fabricación de cacerolas de barro , se comienza a hervir agua, a crear sopas y salsas, a cocer alimentos y hacerlos más digeribles. Todo ello influyó en ir mejorando el "invento" de la raza humana.

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