La sociedad occidental –creo que ahora la oriental también– vive una carrera desenfrenada de competencia, de compresión, de esperar los fines de semana cada vez con más anhelo.¡No digamos las vacaciones del calendario anual!
La insatisfacción que produce el no asumir de buen talante los horarios de trabajo cotidiano, las penurias de la propia existencia, hace que el ser humano busque una expansión más o menos afortunada, una distracción que disipe responsabilidades aceptadas o no.
Y entre la diversidad de expansión, la cruel industria del tabaco nos tienta con esos cilindros de papel de seda, que a modo de cartuchos de dinamita, se empaquetan y se cierran en cajitas con esquelas mortuorias con un contenido de insólitos e insolentes textos.
Ciertamente, como se nos dice cuando no consideramos acertado un programa de TV por su vano contenido, “si quieres lo tomas y si no.. lo dejas; ¡nadie te obliga a verlo o hacerlo!”. Ante tanta perversidad de concepto social y tanta pasividad por parte de quien controla permisos, hemos de cuidarnos nosotros mismos, con reconvenciones sanitarias o sensatas.
Obviamente, el primer paso consiste en desviar nuestra ansiedad, con persistencia y sin agobio, hacia objetivos que sustituyan el placer de invadir los pulmones de ceniza en suspensión. Se trata de un atentado por defectuoso suministro de oxígeno al metabolismo del corazón, arterias, cerebro, articulaciones..., además de un ataque directo al hígado, el gran purificador de tóxicos.
No obstante, si a pesar de todo lo que se dice y se dirá, mientras "fumando se espera a lo que uno o una quiera", seguiré machacando en vuestro beneficio:
¡Ah!.. Y dejar de fumar tampoco estaría mal. Intentadlo otra vez... y otra vez. Buscad apoyos y alternativas placenteras. Se consigue. Os lo aseguro.
Artículo firmado por el Dr. Carlos R. Jiménez
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